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La Coctelera

EL ARTE Y LA ENVIDIA

Cuando niño aparte de paperas, gripe y lechina padecí agudos estados de envidia. El caso que más nítido permanece en mi memoria fue lo que me sucedió con uno de mis compañeros en quinto grado. Sólo recuerdo su nombre escolar: Paco. Era un moreno vivaracho con algo de galán y buen estudiante. Yo era un buen estudiante también, pero siempre tuve la facultad de hacerme notar lo imprescindible. Bueno este tal Paco era un maestro en eso de dibujar. Aplicaba las líneas y los colores con delicada destreza.
Yo quedaba boquiabierto ante sus dibujos. Cuando la maestra asignaba una tarea con su respectivo dibujo yo me esmeraba, realizaba un esfuerzo nada común. Al día siguiente estaba ansioso por ver el dibujo de Paco. Excepcional. Los detalles, la equilibrada utilización de los colores; todo respondía al patrón de la perfección. Mi dibujo en cambio era un poco como yo: aleatorio y desapegado a las normas. O sea, mi dibujo era una interpretación muy personal y se alejaba años luz de la copia fidedigna. No obstante yo quería dibujar como Paco y lo acosaba con preguntas sobre como hacía para que el color le quedara así difuminado. Paco con paciencia me explicaba sus trucos y técnicas. Yo seguía al pie de la letra sus indicaciones, pero mis dibujos seguían un patrón irregular y los colores se perdían en lamentables y desequilibradas tentativas combinatorias.
Esa manera fiel de copiar con exactitud de relojería dibujos, objetos y rostros convirtió a Paco en un muchacho popular. Mis otros compañeros de curso, en especial las niñas, se desvivían para que Paco las ayudara con los dibujos de sus deberes escolares e incluso de otros salones las muchachas le llovían y le mojaban la ropa para metaforizar la cosa. Hasta las maestras se lo disputaban para realizar los dibujos de las carteleras. El día de la alimentación, Paco pintaba unas peras y unas naranjas que ni Cézanne.
A pesar de la popularidad de Paco yo no lo odiaba, éramos excelentes camaradas. En muchas oportunidades nos reuníamos, en su casa o en la mía, para hacer la tarea o algún trabajo más extenso. No fuimos rivales en lo absoluto. Ahora que analizo todo a distancia, mi deseo por dibujar igual que Paco más que envidia era admiración. Admiraba en Paco al artista, al espíritu capaz de observar el mundo desde la belleza de las líneas y el color. Quizás lo que le envidiaba a Paco era ese don artístico que tenía. Además mi envidia no era malsana ni de telenovela. En el fondo le tenía mucho respeto.
Luego los años han pasado su factura correspondiente. Por circunstancias me convertí en pintor. He realizado un buen número de exposiciones y he vendido a buen precio algunos de mis cuadros. No obstante jamás he podido pintar como Paco.
Esto me lleva a considerar que artista es aquel que produce obras de arte (sean musicales, literarias o pictóricas), pero es al mismo tiempo aquel que asume el mundo desde la perspectiva inquebrantable del humanismo. La obra de arte surge para enriquecer nuestra vida. Trata de darle coherencia a lo humano a través de un canon estético. La obra de arte es una alquimia lírica que ensancha nuestro sentido de lo humano y el artista es el sagaz artífice de dicha operación.
Los artistas en todos los tiempos siempre han tenido mala prensa. Van a sus aires y se erigen como reyes, o mendigos, de un quehacer que no posee usos utilitarios definidos. En muchas ocasiones la gente de bien lo que quiere es que los artistas trabajen y asuman la vida con responsabilidad. Lo cierto es que el arte (y los artistas) parecen resistir todos los ataques. Frente a este enigma del arte en plural Félix de Azúa escribe: "Frente al enigma de las artes sólo caben dos respuestas, aunque luego puedan matizarse infinitamente. O bien las artes constituyen una farsa nefanda, y su éxito responde a la estupidez de las gentes, las cuales también aman cosas tan inverosímiles como broncearse en las playas, los callos con mucha guindilla, las carreras de sacos, la poligamia o las banderas y bailes nacionales. O bien las artes recelan bajo su aspecto agradable e incluso lúdico, un oscuro secreto conocido por algunos sabios y sospechado por los aficionados, los cuales se acercan imprudentemente a la obra de arte como mariposas a la llama". Luego de esta digresión me gustaría redondear el episodio de mi amigo Paco. Porque en todo este asunto se ejemplifica en que medida vive un artista en todos nosotros y en que medida lo vamos asfixiando con el humo banal de lo útil y de las exigencias de la convencionalidad.
A Paco no volví a verlo. La corriente de los días nos llevó por rumbos diametralmente opuestos. Hace poco la casualidad permitió que me encontrara con él en un café en Valencia. Conversamos largo rato. Se había casado. Tenía tres hijos, una hembra y dos varones. Dos ya estaban en la universidad y un tercero cursaba el bachillerato. Evocamos nuestros felices y bucólicos días estudiantiles. Me ofreció noticias de otros compañeros. Me preguntó que estaba haciendo. Le dije que de todo un poco. No me había casado. Que había escrito algunos libros. Que pintaba y que me dedicaba con infinita pasión a vivir, beber y leer. Paco me miró algo triste. Luego me explicó que trabajaba en algún cuerpo de la policía técnica. Se levantó la chaqueta y me mostró el arma de reglamento. Me dijo que no me asustara que la portaba por pura formalidad. Su función en la institución policial era realizar los retratos hablados. Nos despedimos con la promesa de volvernos a ver. No supe porque motivo suspiré aliviado. Estaba un poco decepcionado de Paco. No dudo que elaborar retratos hablados, en su esencia primordial, sea un arte complicado, pero del arte me ha gustado siempre su simplicidad y su alto sentido antiutilitario.
En fin todo esto me induce a pensar que la envidia es una pasión absurda y sin sentido como la xenobofia, el patriotismo, el racismo. En algunos taxis y camionetas de pasajeros siempre encuentro aquella frase que es un soberano lugar común: "La envidia mata. Haz como yo, trabaja". Por fortuna la envidia no mató en mi niñez lo mejor que quizás hay dentro de mí. Hoy día todavía no pinto como Paco. Mis dibujos y pinturas se van por lo azaroso y metafórico. Pinto las mujeres de color verde, el cielo amarillo y el mar anaranjado. Todavía mis dibujos me parecen torcidos y llenos de imperfecciones, sin embargo los prefiero así porque surgen de mí de manera espontánea, como surge la flor en la rama del ciruelo. Hay belleza inesperada en todo lo que hacemos y saber captar este hecho podría permitirnos ver a los demás como nuestros iguales y no como a nuestros adversarios.
En la actualidad la exigencia de avivar en todos al artista que vive dentro de nosotros no es una mera formalidad práctica de los libros de autoayuda, sino una necesidad por establecer una sociedad donde las relaciones interpersonales respondan a los nexos del espíritu y no a la vocación de rapiña e injusticia que enarbola la individualidad como vocación pensante. Necesitamos con urgencia la imaginación artística para oponerla a la barbarie del especialista en gobernar que no gobierna, a esa barbarie económica donde sólo somos índices de un gráfico macroeconómico, un retrato hablado (sin poesía) del mercado sociocultural.

Lo Cursi revisitado

María Moliner afirma en su diccionario que la esencia de lo cursi es pretender ser "elegante, refinado o exquisito", pero con resultados de "afectado, remilgado o ridículo". Corominas, finalmente, aparte de admitir lo incierto del origen del vocablo, cree que la palabra entró a Andalucía desde Marruecos como apropiación de la palabra kursi, que habría evolucionado, semánticamente, desde la connotación de cátedra, sillón solemne y trono de un soberano, a pedantería y pretensión. Por cierto, la palabra apenas aparece documentada en español desde 1865.

Se podría denominar que lo cursi es una exageración empalagosa por el artificio, es una inclinación en superlativo por el mal gusto. Posee una lógica entre lo solemne y lo caricaturesco. Lo cursi no es el paraíso, sino su añoranza con soponcio y telele incluido. Es la Miss Venezuela electa, quien sobreactuando su sorpresa por ser la ganadora se baña en lágrimas de cocodrilos y reparte besos, mientras las perdedoras la saludan cuando en verdad quisieran asesinarla. Es el político que con gravedad protocolaria exclama: “¡En esta hora decisiva que la Patria nos llama, acudimos presurosos y con la frente en alto…!”. También es el politicastro brutazo que en sus discurso exclama: ¡bueno como decía Ortega y Gasset: hoy estamos viviendo una rebelión de las masas!, sin saber que lo que está citando es el título del libro. Es cursi el galán de telenovela que con voz de Pavarotti entelarañado le dice a la mala: “…ese hijo que vas a tener es mío, pero mi corazón le pertenece a esa humilde muchacha a la cual se le quemó el rancho, fue violada por su padrastro, quedó paralítica, estuvo presa y luego fue recluida en el manicomio…y para colmo contrajo el dengue”.

Escapar a la cursilería no es tan sencillo. Mauricio Gonzáles de la Garza ha escrito que cursis somos todos, como médicos, poetas y locos, sólo que algunos viven la cursilería como vocación vital o como doctorado honoris causa. Uno es cursi muchas veces a conciencia y otras es cursi a la fuerza. La cursilería va machihembrada al mal gusto. Tuve una novia actriz a la que le encantaba Armando Manzanero. Enamorado como estaba el tal Manzanero me resultaba un poeta a la altura de Octavio Paz, Ramón Palomares o Pablo Neruda. Las visitas a esta novia, aparte del telón musical almibarado de fondo, me fueron provechosas porque tuve la oportunidad de conocer a Antonin Artaud. O sea, esta novia me obsequió un ejemplar del Teatro y su doble. Con semejante recompensa tener que tolerar las melosas canciones de Manzanero fue si se quiere un precio muy bajo.

Pero no sólo en la música hay cursilería que juega garrote, sino en el arte, la poesía y sobre todo en la vida mundana y silvestre. Podemos hacer una lista sumaria de cuestiones cursis y que en el fondo llegan a ser casi pavosonas:

. Viajar en microbús enfluxado a punta de 2 de la tarde en Maracaibo o en Ciudad Bolívar.

. Dar serenatas con pista de karoake.

. Despecharse escuchando calipso.

. Llegar a la funeraria y afectado por el dolor dar el sentido pésame a todos los presentes para luego comprobar que uno no sólo se ha equivocado de velorio, sino que aquello es un acto solemne para celebrar el día de la bandera.

. Asistir a los ciclos de Opera en el Teresa Carreño para dárselas de culto y a los primeros acordes dormirse y de paso roncar a pierna suelta.

. Escuchar una cadena de Chávez como si se tratara de la 5ta sinfonía de Beethoven.

. Asistir a la toma de posesión de la presidencia del Club de Bolas criollas en la parroquia.

. Ser orador de orden en cualquier cámara municipal.

. Llevar una ofrenda floral al padre de la patria muy serio y circunspecto para la foto.

. Casarse de velo y corona en la catedral de Duasdalito o en una iglesia en Sabaneta de Barinas.

. Las tanganas y golpizas que se forman en el Asamblea Nacional.

Son cursis los títulos de nuestras telenovelas: “Lucecita”, “Por amor a mi madre”, “La mujer prohibida”, “La pecadora vestida”, “La invasora de Venús”, “El pecado de una madre”, “Tremendas lolas y yo sin freno”. “Trapitos íntimos con remiendos”. Algo realmente cursi y que ocupó algunos episodios de mi adolescencia era un serial de radio titulado “Martin Valiente, el ahijado de la muerte”. La voz de este héroe vernáculo era de Arquímedes Rivero, quien en la actualidad es el asesor plenipotenciario de los dramáticos en Radio Caracas. En Martín Valente se concentraba lo cursi: Martín tenía una voz varonil y era invencible, tenía un ayuande neegrito y asustadizo, una novia pura y virginal y por supuesto un fiel caballo llamado relaámpago más inteligente que los libretista del serial.

Cursi también son los raperos criollos. Cursi son algunos poemas de Andrés Eloy Blanco por carencias, así como son cursis algunos poemas de Ramos Sucre por excesos. Cursilisímo es la antología poética de Luis Edgardo Ramírez, los poemas de José Ángel Bueza.

En literatura, sobre todo en poesía el abuso del lugar común desemboca de manera inmediata en poemas cursilones y así “noche estrellada”, “luz de mis ojos”, “dolor del alma”, “sueño despierto”, “ángel de mis anhelos” y “agua de mi dicha” son muletillas poéticas con las cuales se puede confeccionar el siguiente poema:

En la noche estrellada Apareces cual ángel de mis anhelos Y me aseguro de que no sueño despierto Ya que en esta sed de mi soledad puedes ser el agua de mi dicha para calmar el dolor de mi alma o hacer florecer la luz de mis ojos marchitos…

Como ven la cursilería literaria surge cuando el escritor es incompetente para darle un nuevo vigor y fragor con los materiales con los cuales trabaja. Para darle a las palabras de siempre una magia particular, una combinación creativa.

También hay cursilería en algunas películas nacionales con sus malandros y prostitutas de postín, cuyo lenguaje cloacal se lleva todo los premios. Cursi era un amigo mío que tenía un vaso de cama, de esos de peltre con flores. Mi amigo cuidaba dicho recipiente como si se tratara del Santo Grial. Un día en la pensión donde vivíamos se lo escondimos y el hombre casi se suicida.

La cursilería es un animal carnívoro peculiar en el bestiario existencial de los individuos. A veces somos una presa fácil, otras nos damos nuestras mañas para esquivar sus embestidas, sus emboscadas.

Lo peor que le puede pasar a un escritor es que lo lleguen a municipalizar, que lo conviertan en ejemplo egregio para la comunidad o que utilicen su nombre para proporcionarle identidad a una escuelita en un asentamiento rural o darle plusvalía cultural a una calle que vendría siendo la suma de lo cursi.

Claudio Magris o los espacios en blanco de la existencia

Existen autores que son artífices excepcionales en la manejo de las palabras, diestros con eso de los géneros literarios. Algunos logran fusionar ensayo, poesía y novela con enorme virtuosismo y con una facilidad menos que envidiable. Claudio Magris es uno de esos escasos escritores que ha podido engranar géneros, en sus distintos libros, sin llegar a ser una carga de engolada y pesada erudición para el lector. Por otro lado en Magris encontramos un lector vehemente y discreto, un observador puntual de los avatares superfluos o dramáticos de la vida, los cuales desde el rincón de un café él va anotando con la pulcritud de un enamorado de las palabras.

Uno de los primeros libros que leí de este autor italiano, quien hace poco ha recibido el premio Príncipe de Asturias, fue Ítaca y más allá. El libro recopila un conjunto de escritos ensayísticos publicados en el diario Il corriere della sera . Revisados para su publicación y con mínimas alteraciones dan cuenta del Magris ensayista. En estos ensayos, escritos bajo el apremio de la puntualidad periodística, sobresale el lector desprejuiciado, pero al mismo tiempo el individuo que trata de traspapelar lo leído con la vida, del hombre que trata de encontrarle significación profunda a la vida desde las líneas interminables de lo literario. Lo leído pasa por el cedazo de la vida hasta formar parte indivisible de esa odisea espiritual, que luego de tantas aventuras, que por fin culmina con la llegada al hogar añorado siempre durante la travesía. La literatura es siempre una nostalgia, una añoranza, un recuerdo distorsionado y suculento de esa realidad siempre rígida y bastante insípida.

En los ensayos de Magris hay una lección de vida que toma como referencia algún libro, a determinado autor e incluso una frase puede ser el detonante para exponer sus puntos vista sin caer el dogmatismo ni la pedagogía sin aula. Por ejemplo el texto que da titulo al libro se inicia con una pregunta (¿Hacia donde vamos entonces?) proferida por Enrique de Ofterdingen, personaje de una novela de Novalis. La respuesta que proporciona otro personaje femenino (“Siempre a casa”) proporcionan los parámetros para que Magris de rienda suelta a su disertación. Por supuesto las referencias a Ulises no faltan, así como una pesquisa sobre el huidizo Novalis. El final del texto es emblemático del estilo de Magris, en cual vida y literatura vibran en acordes armónicos: “La gran Odisea del espíritu de Novalis está lejos de nosotros; está dolorosamente lejos. Kafka, quien también se sabía viajero de una odisea sin Ítica, era infeliz por ello, y probablemente le hubiera gustado reencontrarse en la flor azul, como Enrique de Ofterdingen, poder dormir en la cama de Bloom, y ser acogido finalmente en el Castillo”.

Otros ensayos que ilustran esa combinación de vida y literatura son “Las gramáticas de la vida” y “Robinson y los libros”. En el primero escribe sobre el tiempo y esa rebelión que lleva a cabo la literatura “contra los tiempos puros de la gramática para rendirle justicia a la vida”. De igual forma trata sobre la literatura trascendente, sobre aquellos libros que resuenan en la memoria como una amable música y sobre esos libros que inundan vidrieras, rompen los récords de ventas y al final no son más que libros “malogrados”. Magris escribe: “…la literatura le recuerda a la vida la posibilidad de salvar su caducidad individual: ella, afirmaba Lu Hsün, el poeta chino, está escrita con tinta y no tiene la intensidad de las manchas de sangre, pero estas últimas palidecen, mientras que la tinta perdura y conserva como los blancos huesos en las tumbas de la antigüedad que hasta hoy guardan, eterno, el rubor en las mejillas de una joven ”.

En el segundo texto un personaje de Defoe, es buen pretexto para reflexionar sobre la soledad y los libros. Por supuesto Robinson Crusoe lo lleva a meditar sobre otros solitarios de la literatura como Geiser de la novela de Max Frisch, “El hombre aparece en el holoceno” y el Dr. Kien, ese héroe tragicómico de la novela “Auto de Fe” escrita por Elías Canetti. El común de todos estos personajes es su aislamiento solitario (sea en una isla, una biblioteca o en un valle) y su relación peculiar con los libros. Por ese motivo Magris acota: “También Robinson Crusoe interpone entre él y su soledad una red de palabras: el diario que escribe escrupulosamente, la Biblia y los libros de oración salvados del naufragio. Un libro es el mejor antídoto contra nuestra soledad acompañada y tumultuaria en estos tiempos de megamercados y macrocentros comerciales. Lo escrito por el escritor italiano calza por igual para los personajes de ficción como para nosotros lectores de carne y alma: “Robinson es un hombre que lee y desea leer para sustraerse de la vida y a sí mismo. Lee para hablar con alguien, y para comprobar que por lo menos, como dice el señor Geiser, el último Robinson de Max Frisch no ha enloquecido todavía ”.

Como novelista Magris trata de brindar una visión de su observación directa. Indaga en las existencias menudas de todos los días y como un meticuloso observador toda cabe en su narrativa: paisajes, personajes, objetos, animales, almas y ambientes. En su novela “Microcosmo” el lector participa en una experiencia literaria a caballo entre lo narrativo y lo ensayístico, sin percibir a ciencia cierta los límites que existen de un género a otro. En “Microcosmo” no hay truculencia, a pesar de los retratos brillantes de esas pasiones humanas con sus vicisitudes plenas de comicidad o tragedia.

Una de las obras que prefiero de Magris es “El Danubio” . En apariencia es un libro de viaje, pero enseguida el lector descubre un libro rico en erudición e historia. Magris recurre a la crónica, la observación directa, el ensayo y la ficción para describir su trayectoria paralela al río Danubio. Para Magris el río es apenas un tenue subterfugio para navegar por el tiempo y la historia tratando de encontrar la belleza o el horror que fluye por el hombre; belleza y horror que los individuos, en diferentes épocas, esculpen con el alma de sus manos. El río es un testigo mudo, la memoria silenciosa que transcurre por el tiempo arrastrando, a través de sus riberas, viñetas, anécdotas, datos y esa fábula menuda y curiosa con una lección de vida que ofrecer.

La escritura de Claudio Magris está blindada de humanismo reflexivo. Sus libros son la posibilidad de acercarse a la vida desde la sensibilidad literaria y la pasión crítica o atenta. La escritura es una manera de mirar al mundo, de traspapelarse en sus horrores o en su belleza. Se escribe por muchas razones o por aquella escrita por el propio Magris: “Es posible que escribir signifique rellenar los espacios en blanco de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas”.

INDICE DE LIBROS PROHIBIDOS

La iglesia, en su función de institución terrenal, sujeta a férreos código éticos y morales, siempre ha marcado la pauta en eso de aplicar castigo al cuerpo para penalizar los desvíos del espíritu. Para comprobar semejante aseveración sólo es necesario hojear en el libro de la historia y rastrear, a lo largo de toda la Europa medieval, los tristemente célebres juicios y procesos para localizar brujas, realizados por la Santa Inquisición, especie de organismo policial encargado de infundir terror y aplicar escarmientos a quienes se desviaban de los preceptos religiosos. De igual manera la iglesia estuvo siempre a la vanguardia en eso de la burocracia, la corrupción y la censura. Sin mencionar sus trámites, algo viscosos, y no siempre santos, para frenar cualquier avance en el campo científico. Sólo hace algunos años la iglesia ha reconocido de forma pública la injusticia cometida durante el proceso, de hostigamiento y constricción, desatado, de manera implacable, contra Galileo Galilei, hombre de ciencia que se atrevió a ratificar que la tierra no era el centro del universo y que sencillamente se movía.
A pesar de todos los garrafales errores de sangre y persecución cometidos por la iglesia esta ha tenido la virtud de sobreponerse y de renacer, en este milenio que termina, como un ave fénix. Todavía hoy es poco tolerante y aferrada a ciertos dogmas prosigue tan ceñuda y peligrosa como antaño. Por ejemplo el aborto es un pecado que no tiene discusión de ningún tipo. Hace poco un cura en uno de nuestros pueblos ha sido excomulgados. El presidente Hugo Chavez no podrá visitar al Sumo Pontífice en Roma porque es divorciado.
La iglesia, en la antigüedad, además de perseguir herejes se dedicó con cierta impecable eficacia a la censura. Obras de arte y libros no han escapado a su ojo censor y los libros que atentaban contra sus creencias y dogmas eran arrojados a la hoguera sin contemplación, o eran seleccionados para formar parte del INDEX LIBRORUM Prohibitorum. El índice que poseo, del año 1940, llegó a mis manos a través de mi profesor de bachillerato Humberto González. Me obsequio el Índice a sabiendas de mi interés por esos libros tachados como prohibidos. Durante mi adolescencia al enterarme que un libro estaba señalado por la censura entonces más me interesaba. Savater ha escrito: “Por razones eclesiales se prohibían los libros críticos contra la religión cristiana y sobre todo con la Iglesia católica, así como las obras licenciosas (¡ qué paradoja semántica, prohibir la licencia!) El Índice de libros prohibidos, residuo del Santo Oficio, continuaba tan vigente como la Bula de la Santa Cruzada: cuando yo cursé la carrera de filosofía en la entonces llamada Universidad Central y hoy la Universidad Cupletense de Madrid (en la segunda mitad de los años sesenta), (…) La censura nos vedaba el acceso a muchos libros, pero también servía para revelarnos a contrario con sus interdictos los autores más dignos de ser buscados…” En mis años de estudiante el regalo de mi profesor me sirvió de guía para leer a ciertos autores colocados en la lista negra por conservadurismo religioso más rancio. El Índice me ayudó a sistematizar mis lecturas prohibidas.
En el prefacio del Índice, escrito por el cardenal Merry del Val, puede leerse algunas justificaciones sobre el porque de la existencia de un compendio de libros prohibidos. En un aparte del hay un argumento bastante singular: “No se diga que la condena del libro nocivo es una violación de la libertad, guerra a luz del verbo y que el Índice del libro prohibido es un atentando al progreso de la literatura y de la ciencia”. Más bien, según palabras del cardenal Merry, el Índice, busca ahogar la difusión de esos libros que difunden errores doctrinales, siempre perniciosos para la delectación sana de la religión. Además, la lectura de ciertos libros puede conducir a la perdición del alma. Por ese motivo no es legitimo la difusión de libros contrarios a la religión y a las buenas costumbres.
El libro como corruptor de conciencia es el argumento que la iglesia arguye para ejercer la censura en cierto tipo de literatura. Los libros siempre han tenido enemigos de cuidado. Hoy día, a pesar de que se ha rasgado bastante el velo religioso que envolvía aspectos de nuestra vida cotidiana, los mitos en torno a lo perjudicial que pueden ser los libros no cesan. Recientemente un canal juvenil de televisión acusaba a los libros de ser responsable de la destrucción masiva por armas nucleares y otras barbaridades por el estilo.
Entre los libros y autores que hallamos en el Índice tenemos:
Descartes Renatus con ocho obras. Voltaire y su Dictionnaire Philosophique portatif. Denis Diderot con dos obras, también encontramos a Alexandre Dumas, padre e hijo. Así mismo encontramos a Víctor Hugo, Flaubert, Saint Beuve, Balzac, Savonarola, Spinoza y su Tractatus theologico-politicus. El Índice tiene 507 páginas y abarca más de trescientos autores y como quinientas obras.
Hojear el Índice me recuerda la frase de otro gran censor del siglo de las luces llamado Malesherbes: “un hombre que hubiese leído únicamente los libros publicados con expreso consentimiento del gobierno estaría casi un siglo por detrás de sus contemporáneos”. Si nos abstenemos de leer los libros citados en el Índice de seguro que los retrasos de varios siglos hubiesen sido irrecuperables. La lección de todo esto es que la censura en cualquier contexto que se instaure, como un recurso para preservar las buenas costumbres, es una soberana idiotez. La expresión y el debate abierto son las mejores armas para combatir el pequeño censor que cada cual tiene escondido muy adentro. Incluso los demócratas más vociferantes a veces pierden la compostura y creen que la censura es el método más efectivo para preservar sus logros democráticos. La tolerancia es un logro cultural difícil de alcanzar, a causa de la intolerancia se desatan las guerras. Hay que ser tolerantes hasta con los censores, los cuales todavía andan a la caza de brujas, de libros impíos y de autores llenos de desviaciones políticas, eróticas y religiosas. Por eso uno prefiere a cien herejes equivocados, que a un censor convencido de su alta misión por el bien de la humanidad.

ARTE Y TRANSGRESIÓN

El arte contemporáneo en muchas oportunidades se ha extralimitado en su afán de experimentación y en eso de retorcerle el cuello al cisne de los prejuicios estéticos de los críticos y de las ingenuas(a veces ignorantes) expectativas del público.

El arte clásico parecía exhausto en su genialidad y pulcritud. Era necesario descorrer las cortinas, abrir las ventanas del museo y dejar que la luz impresionista, que comenzó a filtrarse en los cuadros de pintores como Manet, Monet, Degas, Sisley, Pisarro, comenzara a trabajar como una inusitada metáfora. La primera exposición impresionista(1874) desató la estampida de críticas más airadas. Un crítico aseveró, Jules Claretie, que los pintores impresionistas “parecían declarar la guerra a la belleza”.

Pero más que declarar la guerra a la belleza el artista contemporáneo venía a echar por tierra toda esa mistificación en torna a la obra realizada para encerrarla en un museo, venía a pisotear ese trillado canon de belleza heredado de los griegos. Ahora lo feo, lo absurdo, lo rústico, lo ordinario podía tener un lugar destacado en el arte.

Los artistas estaban dispuestos a darle un vuelco a todas las convenciones estéticas. Los dadaistas, surrealistas, fauvistas, abstractos, cinéticos y cubistas dieron claras pruebas de un arte que buscaba atravesar las paredes del museo y tomar la calle por asalto, de un arte que no estaba dispuesto a colocarse limites y que bajo aquella premisa surrealista “de abrirle puertas al campo” no iba a tener contemplaciones a la hora de experimentar, protestar, gritar y proporcionarle nuevos códigos de apreciación a lo bello y a lo feo.

Desde hace bastante el arte ya no incomodaba a la administración. Desde que los dadaistas convirtieron el hecho estético en espectáculo de burla violenta. Desde que Marcel Duchamp le pintó bigotes a la Mona Lisa y exhibió un urinario de porcelana como una escultura. Es imprescindible el nombre de Piero Manzoni quien en una de sus exposiciones vendió su aliento en globos de colores. En 1961 creó su obra “Mierda de artista”, consistente en noventa latas, firmadas y rellenas, con sus excrementos. También tenemos a Leo Castelli que exhibió latas de cerveza vacías arrugadas. Las tendencias artísticas proliferan: el perfomance, el video-arte, el body art, el arte conceptual. Chris Burden en eso del perfomance no ha escatimado en riesgos. En una ocasión se hizo disparar a quemarropa en el brazo derecho. Así mismo se hizo crucificar, bajo los efectos de la novocaína, a un volkswagen. Ron Jones ha sometido su rostro a nueve operaciones de cirugía plástica para convertirla en un collage con la frente de la Mona Lisa, el mentón de la Venus de Botecelli y así, aparte de exhibir y vender frascos contentivos con su grasa corporal. La Argelina China Adams colocó un anunció en varios periódicos donde solicitando un trozo de carne humana. Alguien donó una tajada de un muslo. Luego la artista lo guisó con sal y ajo. Lo comió delante de los incrédulos asistentes en el museo Armand Hammer de los Ángeles.

Pero para no ir muy lejos aquí en nuestro patio se recuerda el famoso "homenaje a la necrofilia", que desagradó a muchas narices respingadas. También estuvo Loyola y sus banderas chatarras, Nelson Garrido y sus fotos blasfemas o sexual y religiosamente incorrectas. También tenemos a Javier Téllez, que metió un pabellón completo para enfermos mentales en la GAN. O sea, que el arte luego de unos creativos atentados cayó en la postmodemidad, en la transvanguardia, en el arte conceptual. En fin que decidió pactar con el engranaje del mercado y la moda artística, tratando de aplazar la locura y la furia creativa, hasta asumir las razones tintineantes del dinero y contabilizar las ganancias con obras más colindantes con la decoración que del arte como fuerza expresiva.

La exposición Sensation (sensación), de los jóvenes artistas británicos, que se inauguró (año 1999) en el Museo Brooklin, colocó de nuevo en el tapete esa idea del arte como propuesta transgresora, como hecho fustigador que descorre el velo hipócrita de la violencia que corroe todos los estratos sociales en el mundo. La muestra generó mucho ruido y hasta el senado tuvo que intervenir.

Variada, violenta, superficial, asquerosa y brutal podrían ser algunos de los calificativos más idóneos para definir Sensation. Además, dicha exposición aireó bastante la atmósfera cargada y soñolienta del arte británico de estos últimos años. Sensation apunta a los sentidos del espectador, dirige su artillería hacia los prejuicios sexuales, morales y culturales; busca estremecer al espectador, vapulear su concha de supuesta normalidad en la cual se esconde tratando de escapar de esa violencia cotidiana que le salpica cada día. Aunque no hay nada nuevo ni original las obras de Sensation buscaban descifrar el mundo actual, donde la violencia se convierte en una estética espeluznante, buscan hacer un bosquejo de una época de barbarie sin ningún acecho claro de poesía o belleza.

La muestra incluía 92 creaciones de 42 artistas. Todas las obras tienen un denominador común: la burla calculada, la irreverencia desprejuiciada. Hay obras que a todas luces parecen una tomadura de pelo como los maniquíes de Jake y Dino Chapman donde encontramos niñas con falos en la nariz y boquetes sexuales en sitios nada sutiles. Su obra "Ubermensch" representa al científico parapléjico Stephen Hawking, con su computadora portátil en las rodillas y su silla de ruedas al borde de un precipicio. La obra de Sarah Lucas, "Au naturel", un viejo colchón matrimonial adosado a una pared y en cuya superficie se reúnen, un tobo, un pepino erecto y cuya base son dos naranjas. Completa la obra dos melones. El resto lo coloca el morbo del espectador. En otro espacio estaba la obra de Tracey Emin, un lienzo en forma de carpa de excursionista, titulado "Todas las personas con las que me he acostado". El interior de la carpa está tapizado con un conjunto de nombres escritos con prisa, o de manera descuidada, y notas sobre las relaciones con amantes pasados. La obra "Myra" de Marcus Harvey, representaba el rostro de frente (foto de fichaje en la delegación de policía) de una asesina en serie de niños. Dicho rostro estaba formado por las diminutas palmas de manos infantiles superpuestas y en tonos diferentes. Las obras de Rachel Whiteread son un oasis en la muestra. Sus espectrales y sutiles estructuras, fabricadas en yeso y resina permitían al espectador un poco de silencio y que se apartara de la algarabía efectista de las otras piezas. Las obras de Damien Hirst se construyen con y pedazos de animales disecados. Colocados en enormes recipientes de cristal, en una solución de formol, lo cual permite tener una panorámica de las partes internas del animal, en algunos casos una vaca entera, un cerdo. La obra que causó más revuelo fue la virgen negra y embarazada de Chris Ofili. Es un cuadro que representa una virgen africana. Tiene un seno descubierto en forma de mama de elefante y sobre un fondo amarillo y ocre se notan esparcidas recortes de pequeñas fotos que representan órganos sexuales. El cuadro está montado sobre dos piedras azules y en uno de los extremos un gran trozo de excremento de elefante.

En el arte actual fórmula del todo vale a veces permite que artistas mediocres logren estar a la par con artistas de verdadera y gran fuerza creativa. Ya no importa tanto la obra como objeto de culto para ser encerrada en museos, que la obra 1 como experiencia sensitiva, tanto para el creador como para el espectador. Si el arte hoy todavía nos mueve al asco, el rechazo o el guiño cómplice se puede aseverar que nuestro espíritu libertario va sobreviviendo a ese sentido programático que nos encarcela la a vivir sin pasión. Cuando el arte llama a botón nuestros sentidos, distraídos por la actual agitada manera de vivir, más que buscar nuestra complacencia exige nuestra atención, reclama de nosotros cierta disposición de estar alerta con la vida que pasa y en la que se encuentra la metáfora que vivifica al arte aunque llegue a perturbar o conmover.

LOS ESCRITORES EN EL PAIS DE LAS HADAS

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.
Groucho Marx

La literatura no es una variedad de la verborrea publicitaria, política o jurídica porque existe una exigencia de fondo ligada con la excelencia y la belleza. La literatura aparte de talento reclama a los escritores algo de lectura y un poco de esa tensión vital de la pasión y la experiencia. Escribir es una actividad apremiante y encerrarse en una torre de marfil para llegar a dominar ese corpus complejo de las palabras, para encontrar, (como los antiguos alquimistas) esa piedra filosofal de la metáfora luminosa que reivindique tanto al lenguaje como a la vida, es una actitud que ha devenido en tópico.

En nuestros días el escritor sigue batallando con las palabras y ha perdido esa aura romántica de poseso, al borde de la locura, escribiendo en su buhardilla a la luz de una lámpara. Hoy es a lo sumo un ciudadano tan gris como el que más arrastrado por el viento de la historia en ese laberinto de la polis y en su rol de ciudadano su intervención, en los asuntos que competen al conglomerado social, es inevitable. El descuido al momento de utilizar el lenguaje es obvio y una buen número de obras literarias contemporáneas chapucean en la mediocridad más aparatosa, sin realizar aportes significativos al canon de la literatura occidental.

El escritor es también un individuo que ha estado inmerso en el universo de los libros. Para escribir es un requerimiento indispensable ser un lector omnívoro. Cuenta en sus memorias el escritor Elias Canetti que una oportunidad su madre le recriminaba el haberse sumergido en los libros, cuya devoción ella misma le había inculcado: "¿Cómo puedes opinar algo? No conoces nada. Sólo lo has leído todo." No es casual que el personaje principal de la novela primera novela de Canetti, Auto de fe, sea un sinólogo con una biblioteca que alcanza los 25 mil volúmenes, quien se trastorna síquicamente cuando debe salir de su biblioteca y enfrentarse a la vida real en las calles de la capital austríaca. No son las palabras que escriben el mundo, sino por el contrario, es el mundo quien le proporciona carnadura real a las palabras. Así cuando el sinólogo escucha el canto de unas palomas: "¡Correcto!, dijo en voz baja y asintió con la cabeza, como siempre cuando una realidad concordaba con su imagen originaria impresa."

Lo escrito en los libros se ajusta a la realidad, pero con la novela de Cervantes sucede todo lo contrario: lo escrito en los libros de caballerías no engrana del todo en el mundo de Don Quijote y Sancho Panza, no obstante al pasar los dos personajes por una imprenta descubren el libro que relata sus aventuras y descubren así mismo el libro de un tal Avellaneda que falsea (o narra desde otra óptica) nuevas andanzas. Con este hecho la realidad vuelve a tomar la palabra y todo comienza a tener sentido. De esta manera la literatura deja de ser una dulce efusión de historias que entretienen al lector para convertirse en una situación desgarrada que pone a prueba la realidad y sobre todo de ese arte peculiar de escribir novelas; del escritor en una situación comprometedora con la vida y el lenguaje.

Al escritor le pasa un poco como a los personajes creados por Canetti o Cervantes. Luego que abandona el universo cerrado de su biblioteca, que se desentierra de las páginas de sus libros, que escribe o lee, y sale a la mundanal metáfora de la calle, al hedor nada poético de la realidad se percata que la misma no ajusta en ningún discurso, que no se ahorma a las palabras y fluye con un ritmo diferente y que su fluir depende de muchos factores. El escritor se da cuenta que para cambiar la realidad las palabras no son suficientes y él debe participar como otra pieza más del conjunto social. Se percibe no ya como un ser especial, sino como un ciudadano más que tiene que realizar sus aportes y sacrificios respectivos para que el tiempo que le ha tocado en suerte sea menos fanático y prejuicioso.

El escritor como ciudadano que interviene en los asuntos públicos no siempre acierta y a veces se encuentra apoyando causas, e incluso partidos, que nada tienen que ver con el humanismo o con esas cuestiones elevadas del espíritu. Algunos escritores pronto encuentran su sitio y se sienten a gusto en su rol de funcionarios para determinado gobierno; otros se ven forzados a ser parte del mobiliario de las oficinas de cultura hasta terminar haciendo juego con las cortinas y la alfombra. Los hay que se exilian y están esos escritores que siguen en su mundo sin reparar que el sol se ha vuelto a dibujar más allá de la ventana.

Nuestro país ha salido de una etapa política y recorre una nueva fase. Los acontecimientos y cambios todavía van ejecutando sobre la marcha y es imposible hacer algún balance tajante. Un buen número de ciudadanos toman partido; unos recelosos y otros convencidos que ha llegado la hora redentora del pueblo. Como es lógico los chulos y vividores de la política, diseminados en los dos partidos históricos de todos conocidos, con celeridad cambian de chaqueta y como camaleones truecan de colores y se mimetizan con los nuevas estructuras políticas y hoy muchos están allí en altos cargos como furibundos izquierdistas encendiéndole cirios al Ché y glorificando a un cantor como Alí Primera. Por supuesto hay viejos dinosaurios de la izquierda que tienen que estar codo a codo con estos advenedizos. Un escritor atento debe distinguir en esta mascarada política quien lleva el disfraz y quien asume con convicción su rostro.

Andrés Eloy Blanco, que es el mejor ejemplo del escritor del partido más que de escritor político, escribió en una oportunidad que para lograr una obra cargada de justicia y verdad era necesario estar rozándose y hasta mucho con la política y con sus verdades y mentiras. Es decir tienes que enmierdarte las manos y el corazón para asumir tus responsabilidades ciudadanas.

Son muchos los escritores que creen estar un peldaño más arriba que la gente de a pie y uno que otro es capaz de expresar cuestiones como las dicha por la escritora Ana Teresa Torres en Alemania: “En Venezuela, mi país, en el que las nuevas generaciones literarias habían repudiado la vinculación del escritor con la política, la necesidad de pensar el país y de hacer valer nuestra opinión ha resucitado la preocupación de los intelectuales por las cuestiones políticas y sociales en tanto se han hecho de reflexión urgente.”

En nuestro país el escritor siempre ha estado vinculado con el quehacer político y no desde ahora que han cambiado los actores políticos. En lo particular me he vinculado a la política no en mi condición de escritor, sino en esa poco feliz de militante y ciudadano. Que otros escriban las odas a Stalin, los Yo Acuso respectivos, firmar el manifiesto por la paz mundial. Yo no. Estoy en el bando de Voltaire, quien escribía sus panfletos y libelos para luego renegar de ellos. Soy de esa estirpe dañada del marques del Toro. Me identifico con el estilo bandoleril de Rafael Bolívar Coronado. Quiero equivocarme como ciudadano, pero intento dar en el blanco a la hora de escribir.

Cuando de escribir se trata el escritor no es como ese personaje de Alicia a través del espejo, Humpty Dumpty que tenía control sobre las palabras y delante de Alicia sorprendida proclamaba: “Cuando yo uso una palabra, esa palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique...ni más ni menos”. Ante este acto absurdo Alicia protesta: “El asunto es si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas”. “El asunto, replica de manera categórica Humpty Dumpty, es quien es el que manda”.

Las palabras están sujetas a los requerimientos del poder. El discurso del poder (sea político o religioso) busca amoldar la realidad a sus proyectos y planes. Hace todo lo posible para que las palabras se adornen y signifiquen resultados y balances que la realidad echa por tierra. Álex Grijelmo escribió que muchos políticos creen que alterando a su albedrío la forma de las palabras pueden modificar los conceptos. Incluso muchos piensan que a través de un florido lenguaje la realidad puede cambiarse, maquillarse o repintarse para que sea menos trágica. No obstante sobre el silencio nadie ha colocado banderas de conquista, sobre el silencio nadie reina. Aunque con el poder nunca se sabe. En la segunda parte de sus memorias, titulada ¡Tierra, tierra!, el escritor húngaro Sándor Márai relata sus sinsabores bajo el régimen comunista entre 1944 y 1948, el año en el cual decidió exiliarse, su justificación es peculiar y contundente: "En este punto comprendí que tenía que irme del país, no sólo porque no me dejaban escribir libremente, sino en primer lugar y con mucha más razón porque no me dejaban callar libremente".

He allí el ser o no ser de este oficio de escribir: que el escritor aparte de la posibilidad de escribir sobre aquello que sea de su interés, tenga potestad sobre su silencio. No por casualidad George Steiner escribió: “El silencio es una alternativa. Cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y de mentiras, nada más resonante que el poema no escrito”. Alvaro Mutis en una entrevista aseveró: “El poder político es una maldición. Y todo compromiso que el escritor tenga con el poder político es una prostitución lamentable, un error brutal que va a pagar caro. Porque el político no perdona. Para el político el escritor es un escalón para subir, que rechaza una vez que ha llegado arriba”. La literatura puede ser una trinchera contra los monstruos que va creando los delirios del poder. Aunque el mundo de la literatura es complejo y anfibológico en relación con la responsabilidad ética y hay indiscutibles hijos de puta que con un poco de poder no dejarían pasar la oportunidad para los pases de facturas respectivos. De igual modo hay escritores mediocres que son sólo comparsa en la foto de grupo del poder, y los cuales se apañan como pueden para figurar.

El mundo ideal para el escritor sería ese de los cuentos de hadas y en el cual Tolkien es el maestro indiscutible con su monumental saga “El señor de los anillos”. En los cuentos de hadas todo es sencillo. Por un lado está el mal y por el otro el bien. La pugna por dominar es inevitable. En ese reino de hadas, magos, princesas, dragones, elfos, duendes, hechiceras pérfidas y un etcétera de zoológica fantasía.

En los cuentos de hadas el mal mueve sus piezas como en un juego de ajedrez y poco a poco va acorralando al bien hasta que se llega a un punto en el cual este decide desplegar sus fuerzas que muchas veces es más de orden moral y ético. En los cuentos de hadas los dos bandos que se disputan la conquista del reino están definidos y cada cual opta por el bando con el que mejor se siente a gusto. No obstante en la vida la maldad y la bondad tiene su matices. En la vida lo que hoy parece bueno mañana quizá sea un horror y esa es la gran enseñanza de la existencia: todo parece suspendido con las pinzas del azar y para que el azar tome determinado cause parece que es imperiosa la intervención de los individuos. Fernando Savater asegura que los cuentos de hadas no son brutales ni enseñan a serlo; son crueles, a menudo feroces, pero siempre defienden la pureza…tampoco dicen que la vida sea idílica, tranquila, armónica, siempre gratificante: dicen que para quien lucha bien, la vida es posible sin dejar de ser humana.

La justicia, la libertad, el honor están mejor delineados en los cuentos de hadas que en los indigestos manuales de marxismo que me caletreaba en mi adolescencia militante. Estoy fascinado por ese universo en la cual la solidaridad, la lucha por la libertad, el amor por la verdad y la ética a toda prueba eran actitudes prácticas. De los manuales políticos jamás saqué nada en limpio, no obstante de la literatura nada realista he obtenido algunas herramientas para el diario existir. Rainer Maria Rilke escribió “¿Cómo podríamos olvidar los antiguos mitos vigentes en el origen de todos los pueblos; los mitos de aquellos dragones que en el momento culminante se convierten princesas? Todos los dragones de nuestra vida tal vez sean princesas que sólo esperan vernos un día, hermosos y temerarios. Tal vez todo lo terrible no sea, en el fondo, sino lo inerme, lo que reclama auxilio de nosotros”.

La literatura es por antonomasia un discurso que se opone al poder en todo sentido. No es casual entonces que el escrito, en el bando que quiera militar, siempre sea visto con suspicacia. La literatura es un discurso que reivindica lo humano ante cualquier asomo de barbarie, revitaliza y magializa el lenguaje y por ende la realidad. Un escritor jamás puede ser un político consumado debido a que trabajar con las palabras y esto requiere de una preparación continua y la política, como escribió Stevenson, es quizá la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación. La literatura es una manera precisa para que la imaginación y la belleza tomen la palabra o como lo ha escrito Steiner: “Un gran poema, una novela clásica nos acometen; asaltan y ocupan las fortalezas de nuestra conciencia. Ejercen un extraño, contundente señorío sobre nuestra imaginación y nuestros deseos, sobre nuestras ambiciones y nuestros sueños más secretos. Los hombres que queman libros saben lo que hacen”.

La literatura es un discurso que trata de ver el mundo desde otra perspectiva, que intenta brindar atisbos de fantasías e imaginación para que el hombre recupere su creativa locura, para que deje ese mundo grasiento y vil de oficinas con horarios y burócratas. La literatura aparte de enseñarnos a ver de manera distinta la realidad de todos los días, coloca memoria donde por decreto, o desidia, se instala el olvido.